Mi Cesta

Total: 0.00 €

Acceso usuarios

Usuario
Contraseña
Si aun no está suscrito presione aquí

Recorridos

Ádám Bodor y "El distrito de Sinistra"

02/07/2009
Foto para: Ádám Bodor y
El distrito de Sinistra fue considerado por el suplemento Cultura/s de La Vanguardia el mejor libro de 2003 en el apartado de narrativa extranjera, del cual se destacó que “la desasogante alegoría de los poderes totalitarios está escrita magistralmente”. En 2004, el traductor y escritor Adan Kovacsics ganó el premio de traducción Ángel Crespo por su versión castellana de El distrito de Sinistra.

En un artículo en la Vanguardia, Robert Saladrigas resumía el argumento del libro: “El (imaginario) distrito de Sinistra, una reserva natural rica en osos y bosques de abetos, pinos y enebros, situada en algún lugar entre los Balcanes y los Cárpatos. Es un territorio ensimismado, prohibido, sumido en la intemporalidad, donde gobierna por delegación de un régimen indecente (pensemos en la Rumanía de Ceausescu) la autoridad del coronel Borcan, comisario forestal que en un viaje de inspección muere víctima del extraño virus, la fiebre tungúsica, que suele brotar a comienzos de invierno con la llegada de los ampelis, aves de mal agüero que se cobran la vida de Borcan. El tema nuclear es la fatal resignación de los individuos agarrotados por el miedo ante el salvajismo sin límites desplegado por los regímenes absolutistas. Lo maravilloso e innovador reside en el alarde sutil e inaprensible de verter tan desgraciada realidad en un texto imaginativo que dosifica con insospechada sapiencia narrativa pesadilla, ironía, lirismo, rabiosa melancolía y, todo ello, fundido en la inquietante belleza de las metáforas poéticas, logra el prodigio de resaltar convenientemente el pavor de las historias que conforman el tronco de la historia y asombrar literalmente a quienes nos hemos entusiasmado al leerla.”

“Yo descubrí a Ádám Bodor por pura casualidad”, apuntaba Jaume Vallcorba, editor de Acantilado, cuando en 2003 el escritor húngaro vino a presentar su libro a Barcelona. “En el año 2000 yo estaba en la Feria de Frankfurt, negociando un libro de otro húngaro, László Krasznahorkai. En esos momentos, su agente literario, Egon Amman, me interpeló: 'Oye, ¿conoces esta novela, La visita del arzobispo, del transilvano Ádám Bodor?'. La hojeé allí mismo, en el stand, y de repente me dije: '¡Caramba! ¿Esto que es? ¡Aquí hay una voz nueva! Decliné compromisos, la leí de un tirón, y al día siguiente resolví contratarla.'    


A continuación reproducimos una entrevista a Ádám Bodor, publicada en 1992 en Könyvvilág.


Debo reconocer que “El distrito de Sinistra” no me ha sorprendido demasiado porque en sus cuentos anteriores ya tuve la sensación de que usted pisaba un territorio lleno de tantos elementos irreales, que sólo podía tener una base extraordinariamente real. ¿Cree de verdad que vivimos en un mundo tan extraño?

Uno de mis anteriores cuentos transcurre en un escenario completamente real, las montañas de Sangesur, en la Armenia transcaucásica, pero, naturalmente, los elementos que introduje en este entorno eran míos. Para mí era importante que la realidad y la fantasía fueran creíbles desde el punto de vista artístico. El caso de El distrito de Sinistra es distinto. Se trata de una región más cercana, cuyo nombre he inventado. En las lenguas derivadas del latín, sinistra significa desgracia, fatalidad. En húngaro, afortunadamente, no tiene este significado; de ser así, el nombre habría resultado demasiado artificial, evidente, ya que la serie de narraciones breves —también podríamos llamarla novela— hablan de una tierra frecuentada por la desgracia.

En efecto, en estas narraciones breves, enlazadas de forma enigmática pero comprensible, aparecen personas con destinos fracasados, con vidas misteriosas y únicas, que desaparecen o, en algún caso, aparecen de nuevo, siempre conforme a las leyes que rigen los saltos hacia delante y hacia atrás en el tiempo. ¿Ha conocido a estas personas?


Nunca he sido el héroe de historias de este tipo ni he encontrado a nadie a quien hayan pasado estas cosas. Sin embargo, conozco un paisaje determinado, un entorno geográfico determinado que se encuentra en la zona tal vez más desconocida de los Cárpatos. Este paisaje me ha sugerido todas y cada una de las historias, sin excepción. Naturalmente, la fantasía y la realidad, los hechos inventados y el paisaje real interaccionan de tal forma que, en el juego de la escritura, la realidad también cambia. Las montañas también se adaptan a la fantasía, por decirlo de alguna forma, y toman las formas del entorno humano.

Sin embargo, en este paisaje suave y majestuoso, el lector no sólo siente el olor de los abetos, sino que también es testimonio de cómo las personas desaparecen sin dejar rastro en un proceso de descomposición contranatural, y tiene la sensación de que sólo puede superar los miedos que ello provoca quien ha nacido en esta tierra o se ha exiliado allí.

En efecto, el libro trata de miedo y resignación. O mejor dicho: también trata de ello. Porque principalmente habla de la dictadura a la que tuvieron que acostumbrarse los habitantes de esta región y que durante muchos años fue arraigando hasta que ya no necesitó de una crueldad brutal para imponerse. Incluso podía permitirse cierta filantropía, sin que se modificara su naturaleza. El miedo era sólo una herramienta, un medio para conseguir cualquier cosa, porque el miedo no es la realidad en sí misma, sino que se alimenta de ella. Naturalmente, eso no significa que una persona que tenga miedo no sienta su presión física.

La vida de los habitantes de la región está controlada por impenetrables soldados de la división de montaña, por lo que quizá no permanecen en esas tierras obligados por la presión externa sino porque han interiorizado las prohibiciones. Para ellos resulta de lo más natural tener que subordinarse, tener que cumplir a todas horas unas órdenes incomprensibles que son de vida o muerte.

En El distrito de Sinistra todo depende del destino, todo lo que debe cumplirse se acaba cumpliendo. En un mundo como éste el comportamiento humano sólo puede consistir en la resignación. Tal vez no me lo he inventado yo sino que pasa lo mismo en la realidad. Debo decir que no he estado en la zona en la que transcurre la novela desde hace mucho tiempo, pero creo que hoy en día la situación en el lugar es muy distinta. Hace algunas décadas, cuando la región todavía era virgen, no había una agitación étnica y social tan fuerte. Las hijas y los hijos de las distintas nacionalidades tenían que afrontar un mismo destino, no se enfrentaban los unos a los otros. En aquel entonces no tenía ninguna importancia que el campesino fuera judío (porque allí ésta tampoco era una cuestión absurda), que el farmacéutico fuera húngaro o que el herrero fuera rumano. Vivían juntos y en paz —y, naturalmente, con sus propios miedos— rodeados por las montañas abruptas y amenazantes. Al fin y al cabo, la imprevisibilidad y la inclemencia de las naturaleza los mantuvo unidos.

En una ocasión eligió a un héroe que en el momento de ser ejecutado quiso plantar cara a la muerte con dignidad. Me parece que desde entonces viene poniendo en duda las ideas claras y definidas y los héroes.

Escribí esta narración hace veinte años. Desde entonces han cambiado muchas cosas en el mundo y también ha cambiado mi actitud ante él. Ahora veo la dignidad humana en un entorno mucho más cansado. Y sé que comunidades enteras pueden fracasar. En lo que a la historia colectiva se refiere, soy bastante pesimista.



Por consiguiente, ¿la hermosa tristeza y la suave resignación que uno encuentra en “El distrito de Sinistra” es, en cierto modo, una actitud humana y literaria, la última señal de vida que da una generación de intelectuales en busca de nuevos valores?


En cuanto al futuro de la cultura de la humanidad, de los valores reales, soy un poco más optimista, aunque sé que tendrá que transcurrir mucho tiempo hasta que otra generación redescubra los valores y los ideales humanistas. Sin embargo, con el tiempo, las generaciones futuras se darán cuenta de que los valores no han perdido fuerza ni vigencia, sino que el mundo se ha precipitado hacia otra dirección, de una forma tan inesperada, que ha arrollado los valores mismos. Seguramente con el tiempo se volverá a encontrar el equilibrio, pero mi generación se va con un sabor amargo, porque ha dado la vida por algo que no es y no puede ser.


Contenidos relacionados