
El cineasta húngaro Béla Tarr falleció el 6 de enero a los 70 años. Icono del cine europeo independiente, dirigió la película Sátántangó (1994), adaptación de la novela Tango satánico de László Krasznahorkai, colaborador habitual de los proyectos del cineasta.
Krasznahorkai ha escrito estas palabras:
La muerte de Béla Tarr ha sido una gran pérdida para todos, incluyéndome a mí. He perdido a un gran amigo, un compañero en la magia visual del cine oscuro en la pantalla, y en general: he perdido un cine oscuro, donde ya no habrá tanta luz como la que creó Béla. El cine permanece, para mí y para nosotros, vacío. Un nuevo mundo se avecina, nuevos vientos soplan. La vida nos ajustará cuentas uno a uno. Béla Tarr fue uno de los artistas más grandes de nuestro tiempo. Imparable, brutal, inquebrantable. Ahora, sin embargo, ha sido detenido, brutalmente destrozado por el destino que le ha acontecido. Cuando el arte pierde a un creador tan radical, por un tiempo parece que todo será terriblemente aburrido. ¿Quién será el próximo rebelde? ¿Quién dará un paso al frente? ¿Quién lo destrozará todo? Béla, regresa.
Aprovechamos también para recordar el último capítulo del libro Pensar y no caer, de Ramón Andrés, titulado “Nada. A propósito de El caballo de Turín, de Béla Tarr”. Aquí un fragmento:
La cámara inmóvil de Béla Tarr recoge la que es una lenta desaparición, filma el hundirse de aquellos seres en la línea del mundo, poco a poco, como miembros perdidos de un peregrinaje. Pocas veces un horizonte lo es tanto. Lo rebasan y desaparecen. La imagen está fijada en la pantalla, nada se mueve excepto las hojas sobre la penuria del gris. La obra podría terminar aquí, pero, sorpresivamente, pasados unos minutos las siluetas repuntan, vuelven a hacerse visibles en el mismo sendero por el que habían marchado: el padre y la hija retornan a la casa sin agua, esa que habían abandonado, y lo hacen como asunción de una condena, de un final. Han regresado porque no saben adónde dirigirse: al vencer el repecho se han dado cuenta de que al otro lado también está la nada. La nada lo ha cubierto todo.
