Mi Cesta

Total: 0.00 €

Acceso usuarios

Usuario
Contraseña
Si aun no está suscrito presione aquí

Recorridos

Józef Czapski y la verdad sobre la matanza de Katyn

15/04/2010
Foto para: Józef Czapski y la verdad sobre la matanza de Katyn

Como consecuencia de la simultánea invasión de Polonia por parte de alemanes y soviéticos en 1939, el ejército rojo internó en campos de la URSS a una enorme cantidad de soldados polacos: en 1941 superaban los quince mil, más de la mitad de ellos oficiales y suboficiales. Ese mismo año, la Unión Soviética declaró la guerra a Hitler y firmó con Polonia un pacto por el que se comprometía a liberar a esos prisioneros. De los miles de polacos presos, sin embargo, sólo cuatrocientos fueron efectivamente puestos en libertad. Józef Czapski, aristócrata de origen, notable pintor, narrador minucioso y soldado de circunstancias, estaba entre ellos. En tierra inhumana es la memoria de los años de encierro, y también el revelador relato de la búsqueda de los desaparecidos.

Józef Czapski (Praga, 1896- Maisons-Laffitte, Francia, 1993) fue un testigo privilegiado de la historia del siglo XX. Como pintor, fue autor de una obra variada y heterogénea; su obra literaria, por su parte, está atravesada por la experiencia de la reclusión en un campo de concentración soviético en Starobielsk, a principios de la Segunda Guerra Mundial. Una vez liberado, recibió la misión de investigar el destino de los oficiales polacos detenidos por el NKWD, la policía política de la URSS. Tras la guerra se integró en la comunidad polaca emigrada a Francia, donde ejerció de columnista político, editor y autor de crítica de arte y literatura.

Al pie de este texto, en Documentos de interés, incluímos un extracto de su libro En tierra inhumana (Acantilado, 2008) titulado La verdad sobre Katyn, en el que expone su experiencia personal sobre esta masacre.


JÓZEF CZAPSKI

Józef Czapski fue un artista, escritor, crítico y oficial del ejército polaco perteneciente a la familia aristócrata Hutten-Czapski. Pasó la mayor parte de su infancia cerca de Minsk. Entre 1912 y 1917 estudió en la San Petersburgo de los zares, donde se graduó en la facultad de Derecho. En 1918 se trasladó a Polonia escapando de la Revolución Rusa y empezó sus estudios de Bellas Artes en Varsovia, abandonándolos dos años más tarde para entrar como voluntario en el ejército polaco. Ardiente pacifista, Czapski pidió prestar servicio en una actividad que no requeriera una lucha activa. Fue enviado a Rusia con la misión de encontrar el paradero de los oficiales de su antiguo regimiento, capturados por los bolcheviques en el transcurso de la Guerra Civil Rusa, que más tarde se supo habían sido ejecutados.

Fue durante este viaje cuando Czapski se hizo amigo íntimo de Dymitri Merezkowski. La influencia que le proporcionó el pensador ruso fue decisiva para que el futuro pintor abandonase sus ideales pacifistas.

En 1921 retomó sus estudios de  Bellas Artes en Cracovia. En 1924, con la intención de escapar a la tradición clásica, y en busca de una libertad que no encontraba en su país natal, se dirigió a París con el grupo de estudiantes polacos que constituirían más tarde el Komitet Paryski o Movimiento de París, fuertemente influenciado por Paul Cézanne (en 1937 Czapski le dedicó un libro en su ensayo On Cézanne and a Painter's Consciousness).

El grupo había viajado con la intención de pasar varias semanas visitando los museos y las exposiciones de los Impresionistas y Post-Impresionistas, además de los cafés de Montparnasse, repletos de cuadros de Picasso, Modigliani, Bonnard y Matisse. Aquellas cuatro o cinco semanas iniciales se convirtieron en seis años. Czapski participó activamente de la vida artística de la ciudad exponiendo sus obras, publicando ensayos sobre arte, literatura y filosofía, hasta su regreso a Polonia en 1932. Fue durante la década de los años treinta cuando se vio la gran influencia que tuvieron los Capistas en su obra pictórica.

Al inicio de la Segunda Guerra Mundial Czapski se reincorporó a filas, cayendo prisionero de los rusos poco después. Formaba parte de los cerca de 15.000 oficiales y suboficiales polacos capturados por los rusos y repartidos entre tres campos. Un año después la gran mayoría de aquellos prisioneros desaparecieron sin dejar rastro. Más tarde se supo que fueron asesinados por orden de Stalin. Czapski, junto a otras decenas de hombres, se salvó gracias a una orden administrativa y acabó en el campo de Griazowiec.

En junio de 1941 Alemania declaró la guerra a la URSS al invadir su territorio. De golpe, los prisioneros polacos pasaron de ser los enemigos de los soviéticos a luchar junto a ellos contra Alemania, país entonces en poder de tres cuartas partes de Polonia.

Tras la liberación, tanto los soldados como las familias polacas deportadas, unas 200.000 personas aproximadamente en medio de la estepa, se pusieron bajo las órdenes del general Anders, quien encargó a Czapski dirigir las escuelas y los periódicos y le confió la misión de buscar a los oficiales polacos que desaparecieron tras ser detenidos por la NKVD, la policía política de la URSS. Czapski viajó por toda Rusia para interrogar a sus generales. "Nunca le abandonó la sensación de estar en deuda con sus infelices compañeros fusilados en el bosque, de tener la obligación de no abandonar mientras viviera la misión que le había confiado Anders", comenta Adam Zagajewski.

Czapski relató su increíble historia en el libro Memorias de Starobielsk (1945) y más tarde en En tierra inhumana (1949). Los diarios, en palabras de Zagajewski "están impregnados de un ánimo muy distinto de la famosa búsqueda de autenticidad de los amargados existencialistas. Hay en él un afán casi ingenuo por descubrir la verdad. Están repletos de diálogos con Simone Weil. Conocía sus libros de memoria. Conocía de memoria su biografía, sus cartas y los textos que le habían dedicado los que la conocían".

En 1946 se instaló en Maisons-Laffitte, Francia, donde fundó el Instytut Literacki junto a Gustav Herling-Grudzinski y Jerzy Giedroyc. Durante las décadas siguientes trabajó como comentarista político en Kultura, el magazine literario de los emigrados polacos. Además publicó ensayos sobre arte y fragmentos de su diario que habían estado escondidos desde los años de la guerra, y que con el tiempo le proporcionaron no menos fama que que la pintura.

Durante los años siguientes a 1945 se mantuvo activo tanto como pintor como escritor.
Dedicó la mayoría de sus ensayos al arte pero también escribió sobre las obras literarias de grandes autores como Marcel Proust o Stanislaw Brzozowski.

La importancia de los logros de Czapski como pintor todavía hoy se cuestionan, a pesar de la cada vez mayor exposición de sus obras a lo largo de los últimos años en todo el mundo.


EN TIERRA INHUMANA (1949)

Este relato sobre la desaparición de los oficiales polacos durante la Segunda Guerra Mundial se convirtió en un documento de gran importancia hasta que los rusos no hubieron reconocido su responsabilidad en aquellos hechos brutales.

Edward Crankshaw, que formó parte de la misión británica a Moscú durante la Segunda Guerra Mundial, comenta lo siguiente acerca de la policía política de la URSS: "La NKVD era muy capaz de disparar en la nuca a todos aquellos oficiales polacos para deshacerse de ellos. Por aquel entonces, y a falta de pruebas, no desarrollé ninguna conclusión sobre el tema. Los rusos eran perfectamente capaces de hacer algo así, pero los alemanes eran incluso más capaces de ello: eso era todo lo que se sabía al respecto. Las pruebas que se han ido obteniendo desde entonces muestran, según mi opinión, que los rusos fueron los responsables; cometieron el crimen como se esperaba, es decir, no como los alemanes hubieran hecho, con regodeo y como parte de un proyecto planeado al milímetro, sino como resultado del caos administrativo que reinaba en una situación de crisis”.



JÓSEF CZAPSKI VISTO POR ADAM ZAGAJEWSKI

Czapski puede considerarse muy afortunado por haberse expresado tanto en las artes plásticas, que inmortalizan cierta manera de ver las cosas, como por escrito, donde logró perpetuar sus pensamientos, sus estados de ánimo y unos hábitos lingüísticos totalmente personales. Y además vivió una vida intensa y hermosa. No estoy seguro de si puede decirse que tuviera una «personalidad fuerte». La personalidad es algo que limita. La personalidad se manifiesta a los demás, es un instrumento que nos sirve para ejercer presión sobre los otros, para sojuzgarlos y colonizarlos. Pero los que tienen una personalidad recia a menudo no saben soportar bien la soledad, ya que la personalidad les ha matado la vida interior. Czapski no tenía una personalidad fuerte, pero sí una humanidad fuerte.

Como hombre pensante Czapski pertenecía a aquella infrecuente raza de artistas que, luchando y creyendo, dudando y rebosando de pasiones, en el ocaso de la vida aún no saben nada y, a diferencia de la amplia mayoría que sabe, o por lo menos cree saber y propaga ardorosamente una, dos, tres o cuatro ideas, viven con la sensación, a veces amarga y a veces no exenta de plácida melancolía, de que el misterio que cubre con un tupido velo las cosas más importantes—el tiempo, el amor, el mal, la belleza y la trascendencia—sigue siendo tan impenetrable en la vejez cansina como lo era en la juventud tempestuosa y llena de entusiasmo. No saber nada no es un estado de ignorancia pasiva y satisfecha de sí misma. Sobre todo, porque no es un estado, sino más bien una atmósfera, un clima intelectual.

Ya he mencionado su curiosidad voraz, insaciable, pantagruélica. Le interesaban Polonia y Rusia, Europa y Asia, la pintura y la poesía, le apasionaba la caída cada vez más inminente del comunismo, le atormentaba el problema del mal y del sufrimiento, y, por lo contrario, se le iluminaba el rostro cuando la conversación iba por los derroteros de la meditación, el recogimiento y la intensa vida interior, o se centraba en los que sabían vivir alerta y tranquilos a la vez.

 La admiración por Czapski solía ser doble o incluso triple: admiración por el pintor, por el escritor, autor de ensayos y memorias, y por el hombre recto, inteligente y lleno de bondad. Todos los que coincidían con él sabían al cabo de un rato que estaban ante uno de los Justos. Y eso le daba el derecho a juzgar, un derecho que—como ya he dicho—no aprovechó para dictar sentencia. Probablemente había en su vida días en que la crueldad del mundo lo dejaba paralizado, al parecer de un modo irrecuperable, en que el rostro se le volvía gris de indignación y cansancio. Otras veces estaba embelesado por algo que justo acababa de leer o ver, impresionado por la belleza de un paisaje o la perspicacia de un aforismo de Cioran, maravillado por la reproducción de un cuadro de Matisse o Soutine, y entonces sus palabras rebosaban de alegría. Porque, siendo juez, no juzgaba ni casos aislados, ni sucesos de la crónica criminal, ni siquiera acontecimientos históricos, sino el mundo y, por lo tanto, también la vida interior de su época, los libros y las pinturas, la música y hasta los paisajes y los árboles, los rostros de la gente que cogía un tren de cercanías para ir a trabajar y los de la gente que había visto en una cafetería.



LOS DIARIOS

El lector de los diarios de Czapski—que poco a poco emergen de unos cuadernos casi ilegibles para convertirse en su opus magnum—sabe muy bien de qué subsuelo brotan su pintura y su escritura: de una rica vida interior, de una espiritualidad que se extiende entre una mirada limpia y la espera del silencio místico, aunque al mismo tiempo se dirige hacia el horror de la historia y de la naturaleza. Hablar de dimensión «ética» y «estética» en el caso de almas tan complejas e infatigables en la búsqueda de la escurridiza verdad parece un poco ridículo y académico. No obstante, un cierto antagonismo más o menos intenso entre el elemento extático y el moralista no es un invento de las universidades. La solución que propone Czapski—utilizo este término de mala gana, ya que Czapski era más de buscar que de dar respuestas—consistiría en una combinación en el fondo muy sencilla (que responde al adverbio preferido de Józef: «sencillamente»), a saber, una mezcla de talante místico, propenso a sumirse en una vivencia visionaria y dispuesto a ir tras ella durante meses y años, y una honradez absoluta y muy activa en el mundo exterior, en el trato con los demás, una rectitud tan evidente y omnipotente que no requiere expresarse por escrito.

No obstante, los diarios de Czapski están impregnados de un ánimo muy distinto de la famosa búsqueda de autenticidad de los amargados existencialistas. Hay en él un afán—casi ingenuo—por descubrir la verdad. Exacto, «casi» ingenuo, nunca ingenuo del todo. Al igual que «casi» ingenua es la fidelidad de Czapski a la tradición de la pintura al óleo, su rechazo a miles de innovaciones modernísimas que en nuestros tiempos casi han sustituido y relegado al olvido el lienzo, el pincel y el color diluido en aceite, aquella extraordinaria sustancia proteica y amorfa que se descascarilla en las pantallas de los grandes cuadros: el óleo, la orografía del mundo. Una fidelidad casi ingenua, una búsqueda casi ingenua. Que nunca degeneraron en la ingenuidad vulgar y corriente que ostenta algún que otro tradicionalista carente de disciplina interior. Para Czapski aquella casi ingenuidad era una vereda que lo conducía infaliblemente a través de las modas cambiantes y los caprichos de la vanguardia plástica, atajando los escepticismos y las sospechas de la mente europea.


JÓZEF CZAPSKI: PINTOR

En el arte lo atraía el elemento puramente estético; en la historia de la pintura polaca y la reflexión sobre el arte no resulta nada difícil definir inequívocamente a Czapski como un adversario de la pintura «patriótica», «comprometida», en pocas palabras, la pintura generada por el tema y no por la peinture, la écriture pictórica. En ello fue discípulo de la École de Paris y de los grandes pintores del pasado: Rembrandt, Zurbarán, Vermeer y Morandi. Sin embargo, las cosas no son tan simples como parecen; en particular el Czapski tardío piensa y pinta en presencia del postulado «expresar el horror del mundo», un postulado más filosófico que estético. La dulzura de los primeros impresionistas le es del todo ajena; el expresionismo lo atrae precisamente por rozar «el horror del mundo».

¡Cuántos años dedicados a la pintura! Desde las primerías de los veinte hasta las postrimerías de los ochenta. Setenta años dedicados a la pintura en Cracovia, París, Varsovia; después sólo los dibujos de los campos de concentración soviéticos, y otra vez París; todo acompañado de reflexiones sobre la pintura, escritos sobre el arte, estudios y, de vez en cuando, descubrimientos sorprendentes.
Sufría cuando un cuadro le salía mal, cuando perdía el contacto con su concepto prístino a semejanza del alpinista que se desprende de la pared por culpa de un gesto imprudente. Czapski respetaba la distinción entre la religión y el arte, no le gustaba mezclar de manera frívola estas dos categorías, por lo cual yo tampoco quiero borrar la frontera que las separa, aunque me resulte difícil pensar en la lucha de Józef con la insustancialidad gris del lienzo en términos puramente laicos.

Los caballetes eran sus herramientas de trabajo. Cuantos más lienzos suyos desparramados por toda Europa contemplo, más admiro su creación pictórica arraigada en la École de Paris de Bonnard y Matisse, pero reconducida hacia una expresión propia y orientada a la visión, al acto de mirar: una negra mendigando en los pasillos del metro parisino; Rostropóvich tocando su violonchelo; una nube amarilla que fluye majestuosamente por encima de un campo amarillo coronado con el sombrerito negro del bosque; los carritos de la estación de Saint-Lazare; una autopista, el sol poniente y un cochecito rojo perdido en las inmensidades de la Île-de-France; bodegones, un sinfín de bodegones.

Cuando trabajaba delante de los caballetes, Czapski se enfrentaba a elementos oscuros y tempestuosos, los desafiaba e intentaba vencerlos. ¡Pensar que había gente que no se daba cuenta y a quien Czapski hasta exasperaba con su supuesta bondad desmesurada, angelical!

Sí, Czapski tenía enemigos que lo eran sólo por considerar que Czapski era un hombre sin enemigos, que para tenerlos era demasiado delicado, sabio, tranquilo y equilibrado. (Entre paréntesis, convirtiéndose en sus enemigos, perdían la razón de serlo, ya que tenían que dejar de sostener que Czapski no tenía enemigos sino sólo admiradores incondicionales.) No veían o, mejor dicho, no adivinaban el otro lado de Czapski, su pasión y su capacidad de plantar cara a los elementos.

 

Documentos de interés


Contenidos relacionados

Autores