El escritor belga Erwin Mortier habla de su libro Cuando los dioses duermen (Acantilado, 2012). Incluimos la traducción de sus palabras al pie del vídeo.
El argumento de la novela
Encontrarán la historia de una mujer anciana belga y francófona que vive en Flandes, y rememora su vida y su juventud burguesa, así como la brutal introducción de la modernidad en Bélgica al comienzo de la Gran Guerra. Este periodo de su vida fue horrible, debido a la magnitud de la catástrofe, pero también supuso una manera de escapar de su rol como mujer en esa época y de emanciparse como artista, escritora, amante y madre... Digamos que es una visión panorámica de como la Gran Guerra fue por una parte brutal y sangrienta, y por la otra supuso la cuna de la modernidad.
La Gran Guerra en el libro
Me he dado cuenta de que todos mis escritos contienen un bagaje literario específico belga, y la gente sabe que Bélgica tiene tres comunidades: francesa, alemana y holandesa (la mía). Por supuesto, todas tienen su pasado literario. En Flandes, mi región, parte de mi herencia literaria es francesa, porque hasta los años 30 los intelectuales escribían y leían en esta lengua. Ahora ya lo hacen en holandés. Por una parte, algunas memorias literarias están desapareciendo porque están escritas en francés. Por otra, no hemos tenido una novela seria sobre la guerra. Hay varias razones para ello: muchos escritores famosos estaban exiliados, y cuando regresaron todo el mundo quería reconstruir el país, por lo que no hubo tiempo para recordar, queríamos olvidar el trauma. Así que dentro de mi tradición literaria, esta novela es una ofrenda al pasado. 100 años después de la guerra, es un tributo a mis ancestros literarios, que eran flamencos pero escribían en francés. Es mi regalo a la historia belga.
El punto de vista femenino
A nivel personal, siempre me han inspirado las grandes escritoras de la tradición literaria occidental, como por ejemplo George Eliot, Austen, Woolf... Además, la literatura del siglo XIX creó mujeres fuertes tan famosas como Ana Karenina. Para mí escribir es algo femenino desde el punto de vista psicológico. Hay una confianza y un ahorro de lenguaje. También soy poeta, y en la poesía bajo mi punto de vista hay algo que revela su fuerza femenina, mientras que la prosa es más masculina, se trata de gramática y vocabulario, escribir frases clásicas. Y Helen, en el libro, tiene estos dos aspectos, como yo también los tengo como poeta y prosista. Siempre están luchando, y algo de esta guerra entre los dos se encuentra en la estructura de la novela.
Un ritmo más pausado
Cuando concebí la novela realmente quería que el lector de hoy en día tuviera la experiencia lectora de alguien que vivía en la burguesía de la Belle Époque. La lectura formaba parte de sus ideales. Tenías que leer al menos dos horas al día. Tuve que construir frases y una sintaxis que frenase el ritmo del lector del siglo XXI. En la primera parte del libro tienes que ajustarte a éste, o abandonarlo, cosa que puedes hacer como lector. También quería oír la música de la literatura francesa en Bélgica, o sea que no se trata sólo de Proust, sino también de Maeterlinck, el Nobel de literatura belga, y de los simbolistas belgas, todos ellos se encuentran de una manera indirecta en los cimientos de la novela.
La muerte y el pasado
Creo que la muerte siempre es un material para escribir. Simbólicamente, la novela es un diálogo entre el pasado y el presente, la noción de lo que es el pasado y la muerte siempre está allí. Y por supuesto la Gran Guerra supuso una cantidad de muertos nunca vista antes, y sigue siendo difícil imaginar lo que fue. Los franceses perdieron creo que un millón y medio de soldados en los primeros tres meses del conflicto. Tuvo una enorme repercusión en la sociedad. Por ejemplo, fue imposible dar a todo el mundo un funeral. Hasta entonces, los funerales se celebraban en público. Después de esta guerra, se privatizaron, porque la escala de muertos era tan grande que no se pudieron encontrar formas públicas de realizarlos. Esto supuso un giro hacia la interiorización, y creo que dio forma a la subjetividad occidental.
Lecturas de documentación
El sujeto de la novela es histórico, pero no quise escribir una novela histórica, porque lo que me molesta de la mayoría de éstas es que el escritor se ha documentado mucho. Cuando describe un reloj en la pared, se trata realmente de uno de ese período, y hará todo lo posible para mostrar que se trata de un reloj de 1850 y no de 1820. Yo quería enriquecer el mundo de ese tiempo, para que los personajes pudieran caminar y vivir en él con relativa facilidad, de la manera que nosotros vivimos en nuestro mundo. Lo que hice fue buscar archivos fotográficos de todo el mundo, leí no solo muchas novelas clásicas de guerra –ya conocía la mayoría de ellas– sino también muchos diarios y cartas de gente ordinaria: hombres y mujeres de la calle, sirvientes, curas, granjeros, jóvenes en las trincheras... La guerra también provocó una explosión de este tipo de escritura. Por primera vez, gente corriente cogió la pluma para expresarse. Ellos escribieron su versión de nuestros blogs, en las trincheras. Y fue muy interesante sumergirme en este océano de voces bastante desconocidas. Sentir cómo los pequeños hombres, y no los generales, los presidentes o los reyes, vivían la guerra, y lo que me llamó la atención particularmente en las mujeres es que fue algo cruel y que las permitió liberarse de sus roles clásicos. En la mayor parte de los países europeos, después de la guerra se introdujo el voto femenino. En Bélgica no fue así, desafortunadamente. Las mujeres tuvieron que esperar hasta 1948 para poder votar. Mi abuela tenía 39 años cuando pudo votar por la primera vez, algo increíble. Me ayudó a ver, escuchar y sentir la música de ese tiempo, y poder escribir mi propia pequeña canción.
La memoria y el pasado
El pasado nunca es realmente pasado, se trata tan sólo del comienzo. La caída del telón de acero nos fuerza a reconsiderar nuestra historia del sangriento siglo XX. Cuanto más miras al pasado más aspectos encuentras, es como girar un diamante negro y descubrir siempre nuevas caras con destellos. A nivel personal, cuanto mayores nos hacemos, más vivo se hace el pasado, más diversa se hace la dimensión del tiempo. Como Helen tiene 90 años, probablemente morirá pronto después de acabar su libro. Yo quería invadir la memoria del lector con su propia memoria, abrir su universo, y hacer consciente al lector de lo vasta que es la suya. Siempre digo que mi memoria se remonta a 1850 o 1860, porque una de mis bisabuelas seguía viva cuando era un niño. Tenemos nuestra memoria personal, pero también existe una vasta y simbólica memoria en la que flotamos. Ser conscientes de ello es algo bueno.