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Juan Antonio Masoliver Ródenas

Paraísos a ciegas

Como ocurre con dos de sus poetas más admirados, W. B. Yeats y Juan Ramón Jiménez, para Masoliver Ródenas la edad no lleva al agotamiento y a la esterilidad sino, por el contrario, a un nuevo sentido de la libertad y a una mayor hondura y autenticidad. Sin renegar de los paisajes obsesivos que han alimentado su anterior poesía, hay en Paraísos a ciegas una extraña familiaridad con la muerte vista como un vacío y como una plenitud: el poema es un laberinto de palabras y el final del laberinto. La ceguera, por falta o por exceso de luz, ocupa un lugar central en un mundo paradójicamente poblado de poderosas imágenes. Junto al erotismo concebido como la más alta expresión del amor está la belleza de la inocencia. Y si por un lado hay una mayor depuración expresiva, por el otro incluye una serie de poemas narrativos dentro de la tradición sajona. Una poesía del desasosiego y de la celebración que cautivará al lector por lo que tiene de verdadera y de poco convencional.

Comentarios de la prensa

“Masoliver revisita sus lugares y sus obsesiones, pero dándoles una nueva dimensión y un nuevo vértigo, cerca a veces del canto y otras, de la plegaría de los que no creen. El tiempo que habita no es el del olvido–Cernuda–ni el de la nostalgia–Brines–, sino el tiempo inmóvil, existencial más que metafísico, en el que el poeta corrige la melancolía shakespeariana y es, sin que sea paradoja ni juego de palabras, lo que fue, lo que es, el pasado que será y lo que nunca fue”.
Josep Massot, La Vanguardia

“La poderosa iconografía del libro rinde pleitesía a la belleza efímera y celebra una misa por las presentes sucesiones de difunto en las que se reconoce el sujeto. Diálogo entre un hombre deshabitado y un dios sin atributos, este libro original e inquietante consagra la palabra poética como un pálido fuego que no renuncia al estallido de la luz ni a la crepitación de la ceniza”.
Luis Bagué Quílez, El País

“El personaje peregrina por lo vivido: se sienta en el poyo en que se sentaban sus abuelos, visita las sucesivas casas habitadas, se alude a escenas y anécdotas infantiles, el padre, la madre, los amigos muertos, todo lo perdido sale del silencio como los jardines recordados y que son ahora “jardín del olvido”, aunque antes de que lo sea para siempre regresan a los poemas superponiéndose a otras escenas y otros jardines, y el discurso se enriquece y se hace goce para el lector.
Otros componentes de este Paraíso a ciegas son el amor y el erotismo: el sentido de la vida, el primero al fin tema último del libro; y el otro, una de las caras de una sensualidad mucho más general que colabora a la fruición de la lectura. No faltan las reflexiones sobre la escritura, el significado de escribir, que da la palabra a lo vivido y vida al sujeto: “soy las palabras inútiles que escribo”. No son tales: el placer que dan estos poemas lo desmiente”.
Túa Blesa, El Mundo

“Masoliver sostiene la evidencia de la desolación, la decadencia y la muerte, que la inutilidad de la palabra vuelve aún más acerba, y para que la fe, abandonada, no ofrece ya ningún consuelo. Paraísos a ciegas se nutre de una melancolía que se debate entre la depuración y la violencia: el recuerdo se construye con líneas finas, casi espectrales, y, simultáneamente, con imágenes que resuellan, colmadas de cromatismo y significación”.
Eduardo Moga, Letras Libres

Juan Antonio Masoliver Ródenas habla de Paraísos a ciegas en el programa En la nube de Radio 3 (minuto 63)

Reseña de Antonio Domínguez Rey en El Imparcial

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